CNT - Confederación Nacional del Trabajo

05/18/2026 | News release | Distributed by Public on 05/18/2026 10:55

«Es mentira», dijo Juan Roig

DOSIER: Ni Dios ni Amo | Ilustración de Manolito Rastamán | Extraído del cnt nº 440

El presidente y máximo accionista de Mercadona. Podría estar hablando de aquello de que es el empresario quien crea la riqueza. O de que es el empresario el que arriesga. Se lo dijo, sin embargo, a quienes fueron a recordarle que su empresa puso en peligro mortal a sus trabajadores. Fue el martes de la DANA, cuando pudimos ver las imágenes de un camión de Mercadona repartiendo en medio de las inundaciones y lluvias que sacudieron Valencia y sus alrededores. Podríamos pensar que fue accidental. Un despiste. Un olvido… alguna cosa. Pero el capital no descansa y por si creímos en su buena fe, Mercadona nos dio nuestra ración de mala realidad. Fue el miércoles y en Jerez donde vimos que esta cadena de supermercados seguía repartiendo.

He hablado de una persona en concreto. Tal vez sea necesario personalizar. Recordar que, por mucho que lleven corbata en lugar de pasamontañas y la ley en lugar de una navaja, los ladrones siguen siendo de carne y hueso. Detrás de grandes palabros como «el capital», «las multinacionales», «la patronal»… ahí, a buen recaudo, han encontrado su escondrijo y cobijan nuestras riquezas. Un Juan Roig. Un Amancio Ortega. Un amiguete que tiene un bar o una pastelería en la esquina -«aquí somos todos una familia».

Esta minoría de carne y hueso es chupóptera de todo el planeta, de toda la humanidad. Su herramienta: el capitalismo. Una red tejida con esmero y siglos. Su producto es vasto y terrible. Su residuo, infernal. Sus penúltimas víctimas las ha traído una DANA. «Es mentira», querría decir Juan Roig, si se le dijera que él y los de su especie son responsables. Pero el cambio climático es en gran parte producto de la intervención humana. También la catástrofe.

Sueña el capitalismo con que sus límites sean más amplios que los límites de su mundo. De momento, lo está logrando.

Esta minoría de carne y hueso es chupóptera de todo el planeta, de toda la humanidad. Su herramienta: el capitalismo. Una red tejida con esmero y siglos. Su producto es vasto y terrible. Su residuo, infernal.

El cambio climático es a gran escala la consecuencia de una serie de procesos a escala más reducida. El Levante peninsular conoce de cerca uno de estos. Antes de escaquearnos -«¿qué podemos hacer contra un fenómeno natural?»- deberíamos mirar bien. La DANA que afectó al País Valencià tiene sus responsables. La urbanización excesiva, la destrucción de humedales y la alteración de los usos del suelo han sido factores que han roto el ciclo local del agua. La acción humana ha desestabilizado el equilibrio hídrico y climático de los ecosistemas costeros y forestales. Si a esto se le suma la temperatura récord del agua que este verano ha tenido el Mediterráneo, tenemos un cóctel, como vimos, con demasiada graduación. La tentación es hablar de negligencia política o empresarial. La razón invita, por su parte, a pensar que hasta aquí nos han traído a conciencia. Que aun sabiendo a dónde veníamos, el cálculo de beneficios ha salido rentable. En la telaraña del capitalismo, nos atrapan y engullen para su lucro los de siempre, los de antes -con perdón para las arañas.

Prueba de ello es la actuación de las distintas administraciones en todo esto. El gobierno autonómico, responsable directo de la tragedia, ha actuado con negligencia y dejadez. La cabeza de turco es Carlos Mazón, pero no sería de extrañar que tras él se camuflaran unos cuantos. Mientras, en el gobierno estatal, la conveniencia llama a pescar en río revuelto y se frota las manos. La monarquía, por su parte, da señas del relevante papel que desempeña: una ingente comitiva y unas fotos inoportunas. Al menos tuvieron el recato de fingir cercanía y charlar un rato. Eso sí, con ultras a los que sólo les faltó invitar a cervezas. Todo ello, recordemos, tras una situación en la que han muerto más de doscientas personas. Estado y capital son alianza criminal, para lucro de este último.

Leemos que «solo el pueblo salva al pueblo». Este eslogan ha copado medios y redes a raíz de la catástrofe. Tiene tela que cortar. Así que, como dijo Jack el Destripador, vayamos por partes. Cierto es que la palabra «pueblo» suena más que sospechosa. Cierto es también que ahí está el intento de la derecha y la ultraderecha por apropiarse -nada nuevo- de la lucha contra las instituciones y en favor del «pueblo». Como cierto es que jamás señoritos ni curas tuvieron nada que ver con esa cosa llamada «pueblo». Ahí está que cuando la gente intenta reabastecerse, el relato que propagan es el de los saqueos y la violencia. Apelan a las autoridades que poco antes rechazaron. Llaman a la policía, al ejército. Estos acuden. ¿Para limpiar en el barro? No. Como siempre, para proteger a los ladrones de buen vestir.

Es necesario recordar que, por mucho que lleven corbata en lugar de pasamontañas y la ley en lugar de una navaja, los ladrones siguen siendo de carne y hueso. Detrás de «el capital», «las multinacionales», «la patronal»… ahí, a buen recaudo, han encontrado su escondrijo y cobijan nuestras riquezas

«Solo el pueblo salva al pueblo»: la socialdemocracia empieza a hiperventilar. Se hace caquita. Se rila. Le suena a ataque a sus instituciones. A la sanidad y educación públicas. ¡A la democracia! Los socialdemócratas no temblaron de tal manera cuando eran sus partidos los que desmantelaban estos servicios. Les quiere fallar, además, la memoria: no recuerdan que estos son una apropiación por parte del Estado de las mutuas y cajas de resistencia obreras. Pero ahí está el quid: si quisieran recordar, se encontrarían con que no sabrán dónde ni cuándo dejaron a la clase obrera.

En fin, podemos llenarnos la boca de palabras. Abrirnos en parábolas. Anunciar nuestras buenas intenciones, nuestra buena nueva. «Es mentira», podrían decir Juan Roig o cualquiera a la menor señal de flaqueza. Pero la clase obrera no habla: actúa. Ante el silencio del capital y la connivencia de sus instituciones, demuestra que es ella quien mueve el mundo. Sin líderes (innecesarios) y sin gobiernos (inútiles), la clase obrera hace emerger su inteligencia colectiva, su sabiduría de abajo, su solidaridad. Se basta a sí misma, el resto le sobra. Es ella quien sufre las consecuencias de toda catástrofe. Es ella la que hereda las ruinas. Pero es ella quien construye. Detrás de tanta cháchara, lo que se esconde es que más que de pueblos, patrias y pamplinas, cabría hablar de unión, acción y autogestión. «Es mentira», querría decir Juan Roig. Pero somos la clase obrera y nos organizamos.

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