02/13/2026 | Press release | Distributed by Public on 02/13/2026 06:03
Recordamos hoy a Francisco Tomás y Valiente. Para todos fue un eminente jurista, un catedrático, un Presidente del Tribunal Constitucional (el 2º), un Consejero permanente del Consejo de Estado. Para mí fue, además, profesor y maestro: tuve la suerte y el privilegio de ser alumno suyo en la asignatura de Historia del Derecho, durante el 1º curso de Derecho, aquí en la UAM.
Y es con esa admiración -y con esa gratitud- como me gusta recordarlo; y como a él -sospecho- también le gustaría ser recordado. Su figura invitaba a acercarse, pero escucharle, leerle y conocer su trabajo me hacía sentir "pequeño", no por altura, sino por hacerme consciente de tanto que me faltaba por saber y comprender. Talla de hombre de leyes, talla de conocedor profundo de nuestra historia y talla de maestro y servidor público.
El profesor Tomás y Valiente fue un jurista de enorme prestigio, generoso con su tiempo y dotado de una gran capacidad docente. Sus clases destilaban eso que los romanos llaman "auctoritas" y se define por el silencio expectante que se crea a su alrededor; el de los cientos de alumnos que lo escuchaban -que lo escuchábamos- en el aula.
Seguro que este año, en que se celebra el V centenario de la Escuela de Salamanca -Vitoria, Suárez, Domingo de Soto- habría participado con entusiasmo en los seminarios académicos que a ellos se dedicarán. Nos habría explicado, sin duda, con su buena voz y limpio y rico uso del castellano (aunque lo hubiera podido hacer en la lengua de su tierra, Valencia), las sutilezas que llevaron del derecho natural al derecho de gentes; y de ahí, a las normas que hoy regulan las relaciones entre los estados.
El profesor destacó también por su compromiso con la consolidación de las libertades democráticas; lo hizo en el Tribunal Constitucional y en el Consejo de Estado. Allí se le recuerda como una persona comprometida y rigurosa, que disfrutaba, en sus funciones, de ese aspecto creativo que siempre ha marcado el ejercicio de lo público, y que era aún más visible y más necesario en aquellos primeros compases de nuestra democracia.
Era además un agudo articulista y un gran conferenciante. Defendía sus ideas con vehemencia, con elegancia y con ese punto de humor que va siempre ligado a las inteligencias más claras; la actitud de quien -precisamente por saber mucho- no se cree en posesión de ninguna verdad revelada, sino que procura hallarla, siguiendo la estela de Sócrates, en la escucha y en el diálogo.
El 14 de febrero de hace 30 años, Francisco Tomás y Valiente fue asesinado muy cerca de donde nos encontramos, en su despacho de la Facultad de Derecho. Eran tiempos muy duros, donde la sociedad se enfrentaba con cruda regularidad -cuesta creerlo, con la perspectiva de los años- a la barbarie en forma de goteo de atentados terroristas.
El asesinato de un profesor en su despacho de la facultad causó una enorme conmoción. Incluso en el marco de la campaña cruel de "socialización del sufrimiento" emprendida por la banda terrorista ETA, fue un acto de singular brutalidad, de sinrazón sin límites, orientado a sembrar el terror en estado puro.
Decía Francisco Tomás y Valiente: "cada vez que matan a uno, nos matan a todos un poco". Qué razón tenía. Porque cuando se elige la violencia frente a la palabra, el objetivo es matar la convivencia, esto es, cercenar la libertad y sembrar el odio que impide la comprensión de aquél que piensa distinto. Ese y no otro era el objeto del terrorismo; tan totalitario e inhumano que cuesta creer que todavía hoy haya quien lo justifique y no lo condene.
"...la memoria no es una forma de revancha, ni una lista inagotable de agravios, ni una rémora para el progreso. La memoria es un deber cívico. No podemos vivir, no podemos convivir, sin la memoria..."
Así que quiero decirlo claramente y me gustaría que estas palabras no sonaran a retórica hueca, porque están dichas con el corazón: debemos nuestra convivencia democrática a personas como Francisco Tomás y Valiente. Y a sus compañeros en tantas cosas, Ernest Lluch y Manuel Broseta. Y a Gregorio Ordoñez. A Miguel Ángel Blanco. A José Luis López de Lacalle. A Fernando Múgica, asesinado 8 días antes que el profesor Tomás y Valiente. A Alberto Jiménez Becerril y su mujer, Ascensión García. A Carmen Tagle. Al Cte. Manuel Rivera, que fue también mi profesor en la AGM, ...
Se la debemos a tantos centenares de servidores públicos de todo tipo, policías, guardias civiles, militares, jueces y fiscales; también a empresarios -grandes y pequeños-, y a civiles de toda condición…, niños incluidos.
Todos ellos con nombre y apellidos, con familia, con historia, con proyectos de futuro. Así hasta sumar las 853 víctimas mortales reconocidas de la banda terrorista ETA en más de cuarenta años. Muchos de estos asesinatos, permítanme recordarlo, siguen sin resolverse pese al tiempo transcurrido.
En ese difícil camino hacia la consolidación de nuestros derechos y libertades, a ellos les arrebataron cruelmente lo más absoluto −la vida−; y así nos los arrebataron a todos, empezando por sus familias. Sobre su memoria y su dignidad, la de sus seres queridos y la de todas las victimas supervivientes, debemos todos continuar trabajando por una convivencia pacífica, democrática y solidaria, en el marco de nuestra Constitución, de sus valores y del espíritu con el que se fraguó.
Por eso debemos recordarlas, recordarlas a todas: su vida, su ejemplo y también las circunstancias de su asesinato. La memoria no es una forma de revancha, ni una lista inagotable de agravios, ni una rémora para el progreso. La memoria es un deber cívico. No podemos vivir, no podemos convivir, sin la memoria. Esa es una lección que nuestros jóvenes -que afortunadamente no vivieron esa España- deben aprender y tener siempre muy presente, y para eso debemos enseñársela.
A los pocos días del cobarde asesinato de Tomás y Valiente, miles de personas se manifestaron por las calles de Madrid con las manos pintadas de blanco, al unísono y pacíficamente, como signo −a un tiempo− de su repulsa y de la limpieza de sus intenciones. Impresionaba ver a tantos estudiantes en los campus de las universidades, no solo de Madrid, mostrando esas manos blancas.
Fue un gesto espontáneo, que sorprendió a los observadores y a los propios manifestantes. Pero fue un símbolo hermoso durante mucho tiempo, fue la confirmación de que la sociedad española había optado rotundamente por el camino de la paz, del diálogo, de la no violencia -el que precisamente Paco Tomás y Valiente transitaba y enseñaba-. No hay arma más eficaz que esa para derrotar a la sinrazón.
"No odiéis y que su recuerdo os haga sonreír", fueron las palabras que él les dedicó a los hijos de M. Broseta en su funeral tras ser asesinado también por ETA cuatro años antes de morir él a manos de la misma banda terrorista. Lo recordó Quico Tomás y Valiente, su hijo, en un artículo con motivo del 20 aniversario del asesinato de su padre.
Con ese mismo espíritu, entre los actos que anualmente recuerdan a Tomás y Valiente en esta querida Universidad Autónoma, se incluye siempre un concierto de música clásica. Al profesor, gran melómano y enamorado de Mozart, le habría gustado escuchar su recuerdo transformado en música. Porque la base de la música es la armonía. Y a eso, a estudiar y a explicar la armonía a través de las normas y las instituciones, dedicó los mejores años de su vida.
Hoy le recordamos con afecto, con gratitud y con admiración; y tal vez el mejor modo de hacerlo sea el compromiso de todos con esa armonía en la que reside nuestra convivencia democrática.
Muchas gracias.