Alcaldía de Medellin

06/24/2026 | Press release | Distributed by Public on 06/24/2026 08:48

La Casa Gardeliana de Medellín: allí se mantiene vivo ...

Cada 24 de junio, Medellín recuerda el accidente aéreo que en 1935 acabó con la vida de Carlos Gardel. Noventa y un años después, la ciudad sigue honrando su memoria en un lugar donde el tango continúa sonando entre fotografías, objetos históricos y relatos que mantienen vigente el legado del artista. La Casa Gardeliana, en Manrique, es hoy un museo que resguarda esa historia y que invita a descubrir por qué el vínculo entre Gardel y Medellín sigue vigente.

Han pasado más de nueve décadas desde aquel accidente ocurrido en el antiguo aeropuerto Las Playas, pero basta cruzar la reja de una casa de fachada roja, en el corazón del barrio Manrique, en Medellín, para comprobar que el tiempo parece detenerse. Un mural de Carlos Gardel recibe a los visitantes y da inicio a un viaje por salas donde cada pared conserva una parte de la historia del tango y de la relación que el cantante construyó, casi sin proponérselo, con la capital antioqueña.

Las fotografías del antes y el después del accidente, un fragmento del pasaporte de Carlos Gardel que sobrevivió al incendio provocado por el siniestro aéreo de 1935, los afiches de sus películas, los retratos de grandes figuras del tango y los recuerdos de quienes pasaron por este lugar convierten la visita en un viaje por la memoria. Sin embargo, detrás de cada pieza también aparece otro nombre indispensable para entender por qué este museo existe: Leonardo Nieto Jardón, el argentino que hizo de Medellín su hogar y dedicó buena parte de su vida a preservar el legado de su máximo ídolo.


El día en que Medellín quedó ligada para siempre al tango

Eran las 3:00 de la tarde del 24 de junio de 1935. En el aeródromo Las Playas, hoy aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, dos aeronaves colisionaron durante la maniobra de despegue. El accidente acabó con la vida de Carlos Gardel, la voz más importante del tango, y convirtió a la ciudad en el último escenario de una historia que, 91 años después, sigue despertando admiración en todo el mundo.

Para entonces, Gardel ya era un fenómeno internacional. Sus discos sonaban en América y Europa, sus películas llenaban salas de cine y canciones como Mi Buenos Aires querido, Volver y El día que me quieras lo habían consagrado como el máximo exponente del tango. Su muerte conmocionó a millones de personas y transformó para siempre el vínculo entre Medellín y este género musical.

Lo que pudo haber quedado únicamente como el recuerdo de una tragedia terminó convirtiéndose en un legado cultural. Con el paso de las décadas, la ciudad decidió preservar esa memoria a través del Festival Internacional de Tango, el monumento dedicado al "Zorzal Criollo" instalado en la carrera 45 de Manrique en 1968, promovido por don Leonardo Nieto con apoyo del entonces embajador de Argentina en Colombia Juan Francisco Guevara, y la Casa Gardeliana, un espacio que hoy permite recorrer la historia del artista y comprender por qué Medellín ocupa un lugar tan especial en la historia del tango.

Un argentino que encontró en Medellín una misión

La historia de la Casa Gardeliana comenzó mucho después de la muerte de Carlos Gardel. Su origen está ligado a Leonardo Nieto Jardón, un argentino nacido en Vedia, provincia de Buenos Aires, que llegó a Medellín en 1960 por recomendación médica. El ritmo de su trabajo había comenzado a afectar su salud y un familiar le sugirió viajar a la ciudad para descansar unos días. Lo que parecía una visita temporal terminó convirtiéndose en el proyecto de su vida.

Medellín lo conquistó casi de inmediato. Encontró una ciudad de clima amable, una población que ya había hecho del tango parte de su identidad y un lugar profundamente marcado por la memoria del artista que tanto admiraba. Decidió quedarse junto a su esposa y sus dos hijas y, poco tiempo después, adquirió el tradicional Salón Versalles. Desde allí impulsó la gastronomía argentina con empanadas, churrascos y alfajores, mientras el tango comenzaba a ganar cada vez más espacio entre los medellinenses.


Pero había algo que no dejaba de inquietarlo. Si Medellín era la ciudad donde Carlos Gardel había encontrado la muerte, ¿por qué no existía un monumento que honrara su memoria? Convencido de que ese homenaje era necesario, unió esfuerzos con el entonces embajador de Argentina en Colombia, Juan Francisco Guevara, y con industrializadores de café colombiano en Argentina, para promover la construcción del primer monumento dedicado al "Zorzal Criollo", inaugurado en 1968 durante el Festival Internacional de Tango. Este hecho dio origen a expresiones urbanas populares en la zona de la carrera 45 de Manrique, donde este sitio se convirtió en punto de referencia cotidiano.

La historia de este homenaje a Gardel también quedó envuelta en una anécdota que todavía recuerdan los amantes del tango. La primera escultura, elaborada en granito por un artista argentino, terminó en el suelo cuando dos admiradores, en medio de la celebración, intentaron abrazarla y la derribaron accidentalmente. Después llegó una segunda versión en bronce, realizada por el escultor colombiano Alfonso Góez, que recibió críticas porque muchos consideraban que no se parecía a Carlos Gardel. Ante esas observaciones, el artista decidió realizar una tercera escultura, la misma que hoy permanece como uno de los íconos del tango en Medellín.

El éxito del monumento y del Festival Internacional del Tango confirmó que la ciudad necesitaba un espacio permanente para reunir a quienes compartían esa pasión. Leonardo Nieto comenzó entonces a imaginar un lugar donde la música, la gastronomía y la cultura argentina convivieran bajo un mismo techo. Solo faltaba encontrar la casa indicada para hacerlo realidad.

La casa donde el tango encontró un hogar

Aunque inicialmente contempló establecerse en el barrio Buenos Aires, Leonardo Nieto nunca sintió que ese fuera el lugar indicado. La decisión cambió una tarde cualquiera, cuando visitó Manrique junto al embajador argentino. Mientras compartían unos aguardientes en una cantina del sector, el dueño del establecimiento reconoció al diplomático y se acercó a saludarlo. Para Don Leo, aquella coincidencia fue una señal de que ese era el sitio donde debía hacer realidad el sueño que llevaba varios años construyendo.

Había otra razón que reforzaba esa intuición. Manrique le recordaba al tradicional barrio La Boca, en Buenos Aires, por su ambiente popular, sus calles llenas de vida y la cercanía de la gente. Poco después encontró una amplia vivienda habitada por una pareja de adultos mayores que buscaba venderla. La compró, esperó con paciencia a que encontraran un nuevo hogar e incluso los ayudó con la mudanza. Solo cuando la casa quedó completamente desocupada comenzó a transformarla en el espacio que había imaginado.


El 14 de febrero de 1972 abrió sus puertas la Casa Gardeliana. En sus inicios fue conocida también como La Peña Tanguera, ubicada en la carrera 45 con calle 76-50, en Manrique, recodo tanguero de Medellín. En aquel momento no era un museo, sino un lugar de encuentro donde el tango marcaba el ritmo de cada noche. Entre mesas servidas con gastronomía argentina sonaban orquestas en vivo, se presentaban cantantes y bailarines, y los asistentes encontraban un espacio para compartir una pasión que cruzaba fronteras. "La idea era reunir a muchas personas para que disfrutaran del tango y de una buena comida", explica Yazmith Elena Valencia Arango, coordinadora de la Casa Gardeliana.

Con el tiempo, el lugar también se convirtió en hospedaje para artistas que llegaban desde Argentina y otros países a participar en festivales y presentaciones en Medellín. Por sus salones pasaron reconocidas figuras del tango y de la cultura latinoamericana, entre ellas Astor Piazzolla, Horacio Ferrer, Mercedes Sosa, Leonardo Favio, Piero y el escritor Jorge Luis Borges, cuya visita todavía es recordada por quienes conservan la historia de la casa. Cada encuentro fue dejando fotografías, objetos, dedicatorias y recuerdos que, décadas después, terminarían convirtiéndose en parte de la colección que hoy resguarda el museo.

Yazmith Elena Valencia Arango, coordinadora de la Casa Gardeliana.

Lo que comenzó como un escenario para escuchar tango y compartir alrededor de la mesa fue transformándose, casi sin proponérselo, en un lugar donde también se empezó a conservar la memoria. Las paredes se fueron llenando de imágenes, los objetos adquirieron un valor histórico y cada visita aportó una nueva historia. Hoy, recorrer la Casa Gardeliana es encontrarse con esas huellas que permiten entender por qué este espacio sigue siendo uno de los mayores guardianes del legado de Carlos Gardel en Medellín.

Un recorrido por la memoria de Gardel

Hoy, la Casa Gardeliana conserva ese espíritu de encuentro, aunque ya no como un establecimiento nocturno, sino como un museo abierto al público. Apenas se cruza la puerta, un mural de Carlos Gardel da la bienvenida a los visitantes y marca el inicio de un recorrido donde cada espacio cuenta una parte de la historia. Unos pasos más adelante aparece otro homenaje, esta vez dedicado a Leonardo Nieto Jardón, el hombre que hizo posible que este legado llegara hasta nuestros días.

Las salas invitan a recorrer más de medio siglo de memoria. Fotografías, afiches, discos de acetato, recortes de prensa, esculturas y objetos personales dialogan entre sí para reconstruir la relación entre Medellín y el tango. Como explica Yazmith Elena Valencia Arango, coordinadora de la Casa Gardeliana, el museo renueva periódicamente sus exposiciones para que las piezas puedan conservarse adecuadamente y los visitantes siempre encuentren nuevas historias por descubrir.


Uno de los espacios más conmovedores reúne imágenes de los últimos días de Carlos Gardel. Allí se observan fotografías tomadas antes del accidente aéreo del 24 de junio de 1935, registros de la tragedia ocurrida en el antiguo aeropuerto Las Playas y documentos que ayudan a comprender la dimensión de aquel hecho que marcó para siempre la historia del tango. Entre las piezas sobresale un fragmento del pasaporte del cantante, uno de los objetos que hoy custodia la Casa Gardeliana como parte de su colección.

El recorrido también permite descubrir al Gardel artista. Afiches originales y fotografías de películas como El día que me quieras y Tango Bar, la última producción que protagonizó antes de su muerte, muestran la dimensión internacional que alcanzó su carrera. A su alrededor aparecen retratos de compositores, intérpretes y orquestas que hicieron del tango una expresión cultural capaz de cruzar fronteras y generaciones.

La visita guarda pequeños detalles que suelen sorprender a quienes llegan por primera vez. Una placa señala el lugar donde estuvo el escritor Jorge Luis Borges durante su visita a la casa el 18 de noviembre de 1978, cuando estuvo sentado en este espacio escuchando tangos, mientras otras paredes conservan fotografías dedicadas por artistas y visitantes que encontraron allí un espacio para celebrar el tango. Son huellas discretas que, reunidas, permiten entender la importancia que este lugar alcanzó para la cultura argentina y colombiana. En algunos sectores también se hace referencia a la Asociación Gardeliana de Colombia, que tuvo aquí su primera sede en los años iniciales del proyecto.

Más que un museo, la Casa Gardeliana es una memoria construida durante décadas. Muchas de las piezas fueron reunidas personalmente por Leonardo Nieto, otras llegaron como obsequios de amigos, artistas e instituciones argentinas que reconocieron su esfuerzo por mantener vivo el legado de Gardel lejos de su país natal. Hoy, cada fotografía, cada documento y cada objeto cuentan dos historias al mismo tiempo: la del «Zorzal Criollo» y la del hombre que convirtió su admiración en un patrimonio para Medellín.

Durante casi cuatro décadas, la Casa Gardeliana fue mucho más que un lugar para escuchar tango. Entre sus paredes se reunieron generaciones de aficionados que encontraban allí música en vivo, gastronomía argentina y un espacio para compartir alrededor de una tradición que ya hacía parte de la identidad cultural de Medellín. Sin embargo, el paso del tiempo también trajo nuevos desafíos. Los cambios urbanos en el sector y la disminución de visitantes hicieron cada vez más difícil sostener el proyecto tal como había sido concebido.

Aun así, Leonardo Nieto nunca estuvo dispuesto a que la casa perdiera su esencia. Más que vender un inmueble, le preocupaba el destino de las miles de fotografías, documentos, discos y objetos que había reunido durante décadas. Quería asegurarse de que todo ese patrimonio continuara al servicio de la ciudad y de quienes encontraban en el tango una forma de mantener viva la memoria de Gardel.

«Esa era la condición de Don Leo: no venderle la casa a cualquiera, sino garantizar que siguiera preservando el legado de Carlos Gardel«, explica Yazmith Elena Valencia Arango, coordinadora de la Casa Gardeliana. Esa convicción hizo que en 2011 aceptara vender el inmueble a la Alcaldía de Medellín, convencido de que el Distrito podía garantizar la continuidad del proyecto cultural que había construido desde 1972.

Un año después, en 2012, la Casa Gardeliana fue convertida en museo por la Alcaldía de Medellín y el museo Pedro Nel Gómez asumió su administración, con el propósito de conservar tanto el inmueble como la valiosa colección reunida por Leonardo Nieto. En el entorno urbano de Manrique, este proceso también consolidó a la carrera 45 como eje simbólico del "territorio gardeliano", asociado al monumento instalado en 1968 e impulsado por Nieto con apoyo del embajador argentino Juan Francisco Guevara, punto de referencia que terminó integrándose al imaginario cotidiano del sector como la "zona de la estatua de Gardel".

Un legado que sigue sonando

Lejos de convertirse en un museo donde el tiempo parece detenido, la Casa Gardeliana sigue siendo un espacio vivo. Además de recorrer sus espacios y conocer la historia de Carlos Gardel y de Leonardo Nieto, los visitantes pueden participar en visitas guiadas, disfrutar de exposiciones fotográficas temporales y asistir a conversatorios y actividades culturales que buscan acercar el tango a nuevas generaciones.

Cada viernes, la música deja de ser solo un recuerdo para convertirse en experiencia. A las 6:00 p. m. comienzan las clases de primeros pasos y, una hora después, los niveles intermedio y avanzado reúnen a quienes desean seguir perfeccionando este baile que hace parte de la identidad cultural de Medellín. «Muchos llegan buscando la historia de Gardel, pero terminan enamorándose de la historia de Don Leo y de la misma casa«, cuenta Yazmith Elena.

La experiencia también invita a quedarse un poco más. Al finalizar el recorrido, los visitantes pueden pasar por la tienda del museo, donde encontrarán bebidas, mecato y una vitrina con recuerdos inspirados en Carlos Gardel, un espacio pensado para llevarse un pedazo de la historia y apoyar la conservación de este patrimonio cultural.

Para visitarla

La Casa Gardeliana abre sus puertas de lunes a sábado, entre las 10:00 a. m. y las 5:00 p. m., y recibe tanto a habitantes de Medellín como a viajeros de diferentes regiones de Colombia y turistas provenientes de países como Argentina, Francia, España y Estados Unidos. En su origen, este espacio fue también conocido como La Peña Tanguera, una casa de encuentro donde el tango se vivía en presentaciones en vivo y reuniones culturales, antes de consolidarse como museo patrimonial. Para muchos, es la oportunidad de descubrir una faceta poco conocida de la ciudad; para otros, es un reencuentro con el tango y con uno de sus mayores exponentes.

Este miércoles 24 de junio se cumplen 91 años de la muerte de Carlos Gardel. Aunque su voz se apagó en Medellín, la ciudad decidió que su historia no terminara allí. En una casa del barrio Manrique, donde alguna vez sonaron orquestas en vivo y hoy conviven fotografías, objetos, melodías y nuevas generaciones de bailarines, el legado del «Zorzal Criollo» sigue encontrando un hogar. Gracias al sueño de Leonardo Nieto y al compromiso de quienes hoy mantienen abiertas sus puertas, la Casa Gardeliana demuestra que el patrimonio no solo se conserva: también se vive, se comparte y se renueva con cada visitante que decide cruzar sus puertas.

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