06/23/2026 | Press release | Distributed by Public on 06/23/2026 03:17
I n a speech delivered at Princeton in 1907 -years before becoming the 28th President of the United States- Woodrow Wilson, a father of political idealism and, in many respects, of the multilateral approach to world affairs or governance, observed that "there are many voices of counsel, but few voices of vision".
Vision -a quality of those who dedicate themselves, by vocation, to public service with the ambition to make a difference- is what the members of the Club de Madrid have gained through years of democratic leadership and experience in government. It is not something that can be learned in any school of governance. Rather, it is rooted in each person's life story and lived experience. And it remains one of the Club de Madrid's most valuable contributions.
Allow me, therefore, to congratulate the Club on its 25 years of distinguished service.
Excelencias,
Por separado, las suyas son voces valiosas en sus respectivos países de origen y en tantos organismos multilaterales. Juntos, tienen una capacidad de análisis sosegado que es el contrapunto, más independiente y con menores sesgos frente a la inmediatez irreflexiva de nuestro tiempo. Su aportación es necesaria. Es todo un orgullo que el nombre de este club esté asociado al de la capital de España -que es un cruce natural de caminos, una ciudad abierta al diálogo y donde nadie es extraño.
Esa misma visión dio pie al orden global basado en normas, una construcción conceptual que no tiene nada de intuitivo -recordemos la anarquía westfaliana de la sociedad internacional, en los albores del estado moderno- sino que requirió, de nuevo, de grandes dosis de generosidad y altura de miras. También de memoria: la memoria de dos guerras mundiales; que nos alertan todavía hoy -mientras no la perdamos torpe e irresponsablemente-, de qué es lo que sucede cuando la comunidad internacional se aparta del camino de la razón.
Hoy ese camino vuelve a estar en cuestión. Y el tema que nos reúne -la gobernanza y la provisión de los bienes públicos globales en un mundo fragmentado- nos sitúa ante esa bifurcación.
"...los consensos globales no se producen por azar. Más allá de la voluntad política, necesitan legitimidad, confianza y rendición de cuentas. Y aunque la comunidad internacional se compone de una diversidad de sistemas de gobierno -cuya participación es fundamental para lograr acuerdos universales- las democracias son el sistema que mejor ha aprendido a producir esas tres cosas. Porque ningún otro pone a la persona y su dignidad tan en el centro. Y es, precisamente, en ese ejercicio de reconocimiento del otro, donde se sustenta la posibilidad misma de comunidad internacional..."
La paradoja es evidente: nunca habíamos dependido tanto unos de otros y, sin embargo, pocas veces la tentación de replegarse había sido tan fuerte. La interdependencia, que durante décadas se entendió como un factor de aproximación, es percibida hoy como una vulnerabilidad. Y sin embargo los desafíos no se repliegan, no desaparecen. Siguen ahí, exigiendo respuestas que ningún Estado puede dar solo.
La pregunta ya no es si cooperar. Es cómo hacerlo, cómo gobernar responsablemente esa interdependencia en un tiempo de aceleración tecnológica y de economía del conocimiento. Cuando la confianza se ha erosionado, y hay quien pretende que la eficacia prevalezca sobre la legitimidad; los logros materiales sobre los derechos y las libertades; los intereses individuales sobre la dignidad, la participación democrática y el estado de derecho…
¿Estamos indefensos ante un pragmatismo regresivo, en beneficio de poderes más fuertes con sistemas más frágiles de equilibrios y contrapesos, de menor transparencia y rendición de cuentas? Yo no lo creo. Al menos en mayor medida que en otros momentos cruciales de la historia. Sí creo, en cambio, que no estamos a salvo…; y que, para estarlo más, debemos continuar la tarea inacabada y monumental de construir un mundo más libre, más responsable y más concienciado en la necesidad de cooperar para aliviar sufrimientos, para dar esperanza y dignidad, y permitir el desarrollo científico y cultural con rigor, respeto y mayor inclusión.
De eso trata, precisamente, la noción de bienes públicos globales. La estabilidad del clima, la seguridad sanitaria, la protección de los océanos, la seguridad alimentaria o un entorno digital seguro no son solo aquello que compartimos. Son aquello cuya preservación depende de decisiones que ningún Estado adopta solo y cuya protección exige cooperar incluso entre quienes discrepan en todo lo demás. Porque estos bienes forman parte de una misma arquitectura: se refuerzan mutuamente o se deterioran juntos.
Proteger estos bienes no es solo una obligación moral. Es también una decisión racional. Los costes de la inacción -en términos de conflictos, crisis sanitarias, inestabilidad climática o colapso financiero- superan con creces los de la prevención. Actuar hoy es menos gravoso que pagar mañana las consecuencias de haberlos descuidado. Es lo que España ha querido subrayar en su Estrategia de Política Multilateral para el Desarrollo Sostenible, presentada este año.
António Guterres advirtió el pasado año en Sevilla, ante la 4ª Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo, que, mientras los desafíos globales se multiplican, los instrumentos para afrontarlos dan señales de fatiga. Y, sin embargo, fue posible alcanzar un acuerdo. El Compromiso alcanzado en Sevilla demuestra que, aun en un momento de fragmentación, es posible ponerse de acuerdo sobre aquello que compartimos y, además, hacerlo por consenso.
Los consensos globales no se producen por azar. Más allá de la voluntad política, necesitan legitimidad, confianza y rendición de cuentas. Y aunque la comunidad internacional se compone de una diversidad de sistemas de gobierno -cuya participación es fundamental para lograr acuerdos universales- las democracias son el sistema que mejor ha aprendido a producir esas tres cosas. Porque ningún otro pone a la persona y su dignidad tan en el centro. Y es, precisamente, en ese ejercicio de reconocimiento del otro, donde se sustenta la posibilidad misma de comunidad internacional. A eso se refería José Ortega y Gasset cuando escribió que toda "civilización es, antes que nada, voluntad de convivencia".
En esa convivencia que nos ofrece la democracia -en su capacidad generadora de consensos y de cooperación- debemos seguir confiando, sobre todo en estos días oscuros. Es ese nuestro camino y nuestra referencia. Por eso es tan de agradecer que, en el marco del Club de Madrid, sigan compartiendo su tiempo, su experiencia y su sabiduría de líderes democráticos. Su palabra merece ser escuchada con atención. Están prestando un servicio impagable al conjunto de la comunidad internacional.
MUCHAS GRACIAS.