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06/24/2026 | Press release | Distributed by Public on 06/24/2026 10:36

Cuidar el bosque: el ecoturismo como fuente de trabajo en República Dominicana

El Acuerdo de Pago por Reducción de Emisiones destina el 30% de sus fondos a la conservación y protección de bosques en áreas protegidas, generando empleo local para las comunidades rurales.

En el Monumento Natural Saltos de Jima, en el corazón de República Dominicana, el bosque no es solo un paisaje, es una fuente de empleo. Los 23 saltos que componen este territorio, de los cuales 12 están habilitados, atraen un gran número de turistas y se han convertido en el sustento de cientos de familias.

Las áreas protegidas habilitadas para el turismo en República Dominicana reciben más de 2 millones de personas al año. Ese número refleja un creciente interés por los destinos naturales y quienes los visitan necesitan servicios turísticos, muchos de los cuales son provistos por las comunidades cercanas.

Andrés Santos tiene 30 años y lleva la mitad de su vida vinculado a los saltos. Cuando se declararon área protegida en 2009, él tenía 14 años y fue uno de los primeros de la comunidad en capacitarse como guía intérprete. Hoy preside la Asociación de Guías Turísticos, que reúne a jóvenes de comunidades cercanas.

"Mi mayor orgullo es que nosotros, en vez de salir de esta comunidad a buscar empleo, podamos tener el empleo aquí", dice.

El vínculo entre turismo, empleo y conservación no es casual. Forma parte de una estrategia más amplia del Acuerdo de Pago Por Reducción de Emisiones de Gases de Efecto Invernadero (ERPA, por sus siglas en inglés) que con apoyo del Fondo Cooperativo para el Carbono de los Bosques (FCPF) del Banco Mundial, busca proteger los bosques dominicanos mientras genera oportunidades económicas en las comunidades. Esta conservación es clave: el 85 % del agua de República Dominicana proviene de bosques ubicados en áreas naturales protegidas, que cubren alrededor del 25 % del territorio nacional.

Mediante este acuerdo, el país recibe financiamiento por reducir las emisiones de carbono al mantener sus bosques en pie, y el 30% de esos fondos se destina a fortalecer el manejo de áreas protegidas y el ecoturismo en dichas áreas. Esos recursos permiten capacitar a guías locales, mejorar la infraestructura para visitantes y generar nuevas fuentes de trabajo vinculadas a la gestión sostenible del territorio. Además, contribuyen a consolidar la gobernanza ambiental para fortalecer el sistema de áreas naturales protegidas.

Andrés Santos, presidente de la Asociación de Guías Turísticos del Monumento Natural Saltos de Jima, tiene 30 años y lleva la mitad de su vida vinculado al área protegida.

Foto: Valerie Caamaño

Los jóvenes que custodian el bosque

En la actualidad, la migración es uno de los principales desafíos que atraviesan las comunidades rurales en República Dominicana. Los jóvenes buscan trabajo en las ciudades y en otros países, y cuando se van, el bosque pierde una generación de custodios.

El turismo sostenible puede ser parte de la respuesta. A través de trabajos como guías, los jóvenes generan ingresos que les abren oportunidades, sin tener que abandonar su territorio.

"El turismo comunitario sostenible puede ir generando ingresos de una forma honrada y a través de esos ingresos nosotros poder ayudar a nuestra familia y colaborar con las comunidades. También nos ha dado la facilidad de seguir estudiando en el liceo o en la universidad", explica Andrés.

La asociación no solo gestiona visitas. También organiza charlas de educación ambiental en las comunidades, jornadas de limpieza y actividades de sensibilización. En el Monumento Natural Saltos de Jima,18 jóvenes de comunidades distintas encontraron en el bosque una identidad y una fuente de trabajo.

Liderar desde adentro

Ana María de Jesús de Mena es ingeniera. Trabajó como capataz y llegó al Monumento Natural Saltos de Jima hace unos años, donde fue tejiendo alianzas hasta lograr lo que describe como su mayor orgullo: la unión de la comunidad alrededor de un objetivo compartido, la preservación del bosque.

Actualmente, Ana es la administradora del área y, como ocurre con las mujeres cafetaleras de las sierras dominicanas, su liderazgo se construyó a fuerza de constancia dentro de un sector históricamente masculino.

"Los hombres no se dejan manejar mucho por mujeres, y ese también ha sido un desafío para mí. Cuando yo entré encontré al área con un 40% y ya yo la llevo a un 90% en cuanto a cambio, obediencia, higiene", cuenta.

Desde que Ana asumió la administración, se han incorporado más mujeres en roles similares. "Después de mí han entrado otras mujeres, yo he dado a entender que sí podemos hacer el trabajo, que sí podemos manejar lo que es un área protegida", dice.

Ana María de Jesús de Mena, administradora del Monumento Natural Saltos de Jima, lleva más de 15 años en el Ministerio de Medio Ambiente. Empezó como capataz de vivero y hoy gestiona este destino ecoturístico.

Foto: Valerie Caamaño

Un tesoro que vale la pena defender

Andrés habla del área protegida en términos de herencia y responsabilidad. Para él, conservar el bosque no es solo un empleo: es una decisión sobre qué tipo de futuro dejar a las siguientes generaciones.

"Hoy en día nosotros los jóvenes podemos crear conciencia sobre el cuidado, la preservación de los recursos naturales para una presente y futura generación, ya que es el motor que impulsa el desarrollo sostenible de toda esta comunidad", dice.

Ana, por su parte, tiene la visión de convertir al monumento en un centro de protección de referencia nacional, un destino que atraiga visitantes de todo el país y que ponga en valor los saltos de agua que el territorio alberga.

"Defiendo el territorio en cuerpo y alma. Porque siento que esto tiene un valor incalculable. Es algo natural que no sé cómo Dios lo hizo, pero sí sé que estamos aquí para protegerlo y cuidarlo".

El Monumento Natural Saltos de Jima no es solo una atracción ambiental. Es también el sustento de Ana, el orgullo de Andrés y la apuesta de muchos jóvenes que decidieron quedarse. La lógica detrás de la colaboración con el Banco Mundial y el FCPF convierte ese compromiso en algo tangible: conservar el bosque deja de ser solo un valor ecológico y se convierte en una fuente concreta de oportunidades de empleo para las comunidades que lo cuidan.

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