03/10/2026 | Press release | Distributed by Public on 03/10/2026 11:36
Palabras del Presidente de la Nación, Javier Milei, en la Gala Anual J100 de The Algemeiner, en Nueva York, Estados Unidos
Buenas noches a todos. Quiero agradecer a las autoridades del periódico The Algemeiner por honrarme con esta invitación. Me complace estar aquí, especialmente ahora, en momentos tan álgidos para la comunidad judía argentina, de los Estados Unidos y del resto del mundo.
Me refiero, por supuesto, al conflicto del Medio Oriente sobre el cual posan los ojos de toda la humanidad. Israel y Estados Unidos están jugando una batalla clave por su futuro y el de todas las naciones libres. Entendemos que en esta batalla no se ponen en juego meros intereses, sino sobre todo valores, los valores que hacen de nosotros naciones hermanas. Acontecimientos recientes a lo largo del mundo así lo han demostrado, dejando en claro que, una vez más, el futuro requiere de fuerza y de determinación.
Bajo el liderazgo de Donald Trump, ambas naciones han tenido el coraje de ponerle fin a un régimen que amenazaba con desestabilizar el mundo entero, poniendo en riesgo la libertad del mundo libre. Le han puesto un freno a un régimen asesino que no sólo cometió crímenes en contra de su propia población, manteniéndola cautiva bajo su tiranía, también se dedicó durante 40 años a sembrar el miedo alrededor del planeta, financiando organizaciones terroristas cuyo único propósito era la destrucción de todo lo que se consideraba bueno y sagrado.
En Argentina, sin ir más lejos, fueron artífices de dos de los atentados más graves de los que se tenga registro, tanto en la Asociación Mutual Israelita como en la Embajada de Israel. Desde ya, y casi me hace falta decirlo, extiendo todo mi apoyo a Estados
Unidos e Israel en este conflicto. Y no tengo prurito alguno en hacerlo, precisamente por algo que mencioné en la apertura de Sesiones Ordinarias del Congreso de la Nación Argentina. Me refiero a nuestro principio rector a la hora de tomar decisiones políticas, la moral como política de Estado.
Para alguien que no sabe de lo que estoy hablando, esto puede sonar como un eslogan, como esas frases vacías a las que la política nos ha acostumbrado, con el típico «nosotros somos los buenos, ellos son los malos». Esto no es así en absoluto.
Se trata, en cambio, de delinear una heurística, un criterio general para la acción y la comprensión del mundo, una especie de brújula que nos guía ante la creciente incertidumbre que nos propone la realidad global.
Frente a cada decisión de gobierno nos preguntamos, antes que nada, si es moralmente correcto o no. En segundo lugar, si es eficiente en términos prácticos. Y recién, en último lugar, si es conveniente políticamente para nosotros. Esos factores no son intercambiables, sino que tienen un claro orden de mérito. Una decisión nunca puede ser justa si cumple con el criterio de eficiencia y con el criterio de beneplácito político, pero no es moralmente recta.
Permítanme detallar paso a paso cómo opera esta matriz decisoria. El primer criterio para clasificar una decisión son la ética y la moral basada en los valores de Occidente. Hablo de la filosofía griega, que comprendió que en el mundo existen principios universales, que existe lo bueno, lo bello y lo verdadero, y que éstos pueden ser comprendidos a través de la razón.
Gracias a ellos entendemos que existe una legislación natural, racional, previa a las leyes positivas, que deben guiar nuestro accionar político para que el mismo sea verdaderamente justo. No podríamos tener una noción de los derechos inalienables a la vida, la libertad y la propiedad sin esta base.
Hablo con esto también del derecho romano, tal como lo entendía Ulpiano, donde el derecho positivo no inventa lo justo a través de la convención, sino que tiene por objetivo reconocer lo que es justo en términos naturales, ordenarlo y protegerlo. Cito a Ulpiano: la justicia es la constante y persistente voluntad de otorgar a cada cual su derecho. Que además agrega que hay que vivir de modo honesto, sin causar daño a nadie y dando a cada uno lo que es suyo, o sea, ya incorpora el principio de no agresión y también incorpora el principio de propiedad privada.
Hablo también de la rectitud de los estoicos, que descubrieron en la negación y en el autosacrificio las claves de la vida civilizada, que recompensa el largo plazo por encima del corto. Y hablo, claro, de los valores judeocristianos. Valores como la disciplina, la constancia, la responsabilidad, controlar los impulsos, mantener la estabilidad y el compromiso familiar.
Pero, sobre todo, estos valores consagran la dignidad de la vida humana, la comprensión de que cada hombre es sagrado y tiene, por eso, derechos que no pueden nunca ser avasallados por las autoridades de turno.
Hace ya 3.340 años, Moshé, como enviado de Dios, nos enseñó este principio, primero cuando liberó al pueblo judío de la opresión egipcia y tan solo 50 días después con la entrega de los 10 mandamientos. Esto es: la libertad solo tiene sentido cuando va acompañada de una moral y una justicia que la fundamente. Libertad y moral van juntas porque una sin la otra pierde completamente su valor.
Libertad junto a justicia y moral, esa es nuestra brújula. Son los valores que nos inculcaron nuestros padres y que sus padres les inculcaron a ellos y que inciden directamente en la capacidad de una sociedad para sostener procesos de creatividad y coordinación inter-temporalmente.
Filosofía griega, derecho romano, ética estoica, valores judeocristianos. A partir de estas cuatro fuentes, Occidente formó su doctrina, su tradición filosófica y cultural. Y esta tradición tuvo su síntesis definitiva en el liberalismo cuyo corazón está en el reconocimiento del derecho natural a la vida, la libertad y la propiedad. Y el desarrollo de instituciones que defiendan y promuevan esos derechos, en esto consiste nuestro primer criterio, el criterio moral.
En segundo lugar, ubicamos la eficiencia económica, esto es la maximización del beneficio para el conjunto de la sociedad a lo largo del tiempo. Lo interesante aquí es que las reglas de juego que aseguran la mayor eficiencia económica son, precisamente, las del derecho natural, la defensa de la vida, la libertad y la propiedad.
Solo en un sistema que talla en la piedra de la ley esos principios morales se puede liberar la función empresarial que produce al final del día la eficiencia económica. Quienes intentan limitar estos principios para alcanzar la frontera presente de producción, buscando un óptimo paretiano, terminan sacrificando el futuro en pos de un presente ilusorio. Como ya explicó el Profesor Huerta de Soto: justicia y eficiencia son dos caras de la misma moneda.
Recién, en tercer y último lugar viene para nosotros el utilitarismo político, esto es si determinada decisión nos sirve o no políticamente. Una racionalidad guiada por el cálculo, cuya máxima referencia histórica es Maquiavelo. Los políticos tradicionales tomaron siempre el camino inverso en el orden de los factores, aplicaron como primer criterio el utilitarismo político. Eso los llevó a tomar decisiones económicamente ineficientes, hipotecando el futuro de todos para asegurar el presente de su base electoral.
En pos de ese fin, tomaron decisiones moralmente injustas, de todo tipo, como expropiar, cobrar impuestos altos, falsificar monedas y tantas otras formas de violar los derechos naturales a la vida, la libertad y la propiedad.
Naturalmente, esta heurística invertida tarde o temprano lleva a la ruina, porque anula los incentivos que organiza la cooperación voluntaria y así engendra la destrucción de cualquier comunidad. En cambio, la heurística que nosotros proponemos, que prioriza la moral, luego la eficiencia y, por último, la conveniencia, termina generando prosperidad. Porque solo en un marco de justicia que respeta la propiedad privada, se promueve la función empresarial, y sólo a través de la función empresarial se crea riqueza.
Esto tiene una implicancia curiosa y maravillosa, que es que si uno sigue el orden de los factores conducentes y hace lo que es justo, a la larga también termina teniendo utilidad política, porque ¿a qué político lo daña que la sociedad que gobierna prospere? Funciona de una forma similar a la parábola que plantea el Santo Grial en la leyenda artúrica. Muchos caballeros salieron a buscar el Grial obsesivamente y fracasaron. Incluso Lancelot, el más talentoso, no logró poseerlo. Pero la reliquia se le revela finalmente a Sir Galahad. ¿Por qué? Porque era el único que no estaba movido por la ambición personal, sino por su noción de rectitud y de verdad.
Galahad es sabio porque no busca, por eso encuentra. En el fondo, algo que hemos aprendido de Moshé, corrió el ego a un costado. Cuando eso sucede, en definitiva, aparecen los logros.
En resumidas cuentas, cuando el criterio moral de eficiencia y de utilidad se encuentran alineados, podemos afirmar que estamos ante una política justa, mientras cuando están en tensión significa que dicha política es injusta.
Y esta es nuestra brújula, porque sin un compás que nos guíe andaríamos ciegos por el mundo, haciendo o deshaciendo alianzas, actuando o quedándonos inmóviles en base a la pura intuición, la conveniencia o el azar. Los argentinos lo sabemos muy bien.
Cuando los dirigentes perdieron el norte, caímos en los brazos de todo tipo de tiranos en busca de nuevas respuestas que justifiquen una visión nueva y retorcida del universo.
Pagamos muy caro el precio de ese utilitarismo dirigencial, basado en la supuesta supremacía del cálculo político y lo que nosotros llamamos viveza criolla, por sobre nuestros valores. Pero hoy estamos de vuelta donde pertenecemos, a occidente, donde nos corresponde estar y donde jamás debimos haber salido, porque ese es nuestro origen como Nación.
La Sagrada Escritura nos lo ordena. Tras la partida de Moisés, Dios le dice a Josué: "Solamente esfuérzate y sé muy valiente para cuidar de hacer conforme a toda ley que en mi siervo Moisés te mandó. No te apartes de ella, ni a diestra ni a siniestra, para que seas próspero en todas las cosas que emprendas". Para nosotros, la moral como política de Estado es ese mástil al cual nos aferramos en todo momento, especialmente en las peores tormentas, ya que allí es cuando más se pone a prueba la propia determinación.
Si hacer el bien fuera fácil, no tendría la valía moral que tiene. Así, queda claro que la moral como política de Estado no implica caer en el buenismo impotente. Tampoco se trata del fetichismo de las formas y las buenas intenciones del que hacen gala muchas naciones. Y bien que ustedes saben, esos hipócritas que se hacen los amigos, pero al momento de actuar, nunca están.
No hablo de esos gestos sobreactuados y declamaciones vacías en las que muchos se escudan para no hacer absolutamente nada, en especial ante las grandes injusticias, como los ataques del 7 de octubre de 2023. Eso no es moral, es cobardía, es palabrería y cálculo político, es hablar con un ojo mirando al frente y con el otro puesto en las encuestas, y eso se traduce en la prolongación de injusticia e inexorablemente en un alto costo de vidas humanas.
La moral como política de Estado, ante todo, es coraje, es hacer el bien aun cuando parezca costoso, aun cuando parece costar amistades o relaciones u oportunidades. La moral como política de Estado es enfrentarse con valentía ante la indeterminación del futuro sin sacrificar por ello el núcleo de nuestra identidad, que son nuestros valores. Implica no hacerlo políticamente correcto, sino hacer sin más lo correcto, porque en un mundo incierto la única certeza que existe es que obrar correctamente trae buenos resultados.
Nosotros hemos aplicado esta metodología de trabajo a lo largo de los últimos dos años de gobierno, y eso nos llevó a ser diametralmente opuesto con lo que habían hecho todos los gobiernos anteriores.
Lo que más frecuentemente hacen los políticos es expandir el gasto, una medida inmoral, económicamente ineficiente, pero que le da más poder al político en el presente porque le permite comprar voluntades al repartir la riqueza ajena a su antojo.
Nosotros invertimos ese esquema, achicamos el Estado, lo cual fue determinante para bajar la inflación; le quitamos las cadenas regulatorias al sector privado y le quitamos a la política las capacidades estatales para oprimir económicamente a sus ciudadanos. En definitiva, tal como nos comprometimos con la sociedad en 2023, les pedimos el voto no para que nos den el poder a nosotros, sino para devolverles el poder a ellos.
Y este camino que hemos emprendido está resultando. Por primera vez en 20 años, la economía argentina crecerá tres años consecutivos, la inflación se redujo drásticamente, las exportaciones están en un récord histórico y la pobreza está en sus valores más bajos en nueve años y continúa bajando.
Todavía falta un largo camino para que todos los argentinos sientan que el país transite una senda de progreso, pero los resultados hasta hoy acompañan y ratifican el modelo de trabajo que hemos instrumentado: la moral como política de Estado.
Para retomar el hilo inicial, la moral como política de Estado es un modelo decisorio que cualquier persona con responsabilidad política puede aplicar. Recientemente, la certeza moral instó a los Estados Unidos a actuar en palabras del mismo Presidente Donald Trump: intervenir era sencillamente lo correcto.
Una convicción inspirada por los valores que representa ante el mundo y lo que los orientó hacia la mejor decisión, teniendo en cuenta los resultados del combate conocido hasta ahora. La moral es parte integral de nosotros mismos como civilización, es lo que nos ordena como tomadores de decisiones y es una voz que nunca hay que desoír porque nunca está equivocada. Y fue exactamente esa voz la que el presidente Donald Trump obedeció ante la prolongada sordera o cobardía del resto de la comunidad internacional.
Hoy, nuestro sentido moral nos dice algo con absoluta claridad: Occidente está en peligro. Los valores que hicieron posible esta era de prosperidad y libertad común están siendo corroídos desde los cimientos.
Hoy, nuestra moral nos pone un mandato claro, debemos luchar para defender nuestro legado, que son nuestras sociedades ordenadas por los principios del respeto a la vida, la libertad y la propiedad, de quienes quieren arrebatárnoslo, de quienes quieren hacer creer que no vale nada o que somos malvados.
Hoy nuestra moral nos manda. Cuiden lo que ustedes disfrutaron para que sus hijos y sus nietos puedan disfrutar de las excelencias de la libertad y la prosperidad en igual o mayor medida.
No podemos fallarle a este mandato, no podemos fallarle desde Argentina y desde Israel y mucho menos desde Estados Unidos, que es el último gran custodio de nuestro legado civilizatorio.
En definitiva, que Dios bendiga a la Argentina, que Dios bendiga a Israel, que Dios bendiga a los Estados Unidos y que las fuerzas del cielo nos acompañen. ¡Viva la libertad, carajo! Y muchas gracias a todos.